Ideología y capitalismo

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Izquierda a debate – Opinión || Javier Méndez-Vigo (Para Kaos en la Red) [01.05.2007 ]

¶ Publicamos este ensayo provocativo, si un poco controversial dados sus tonos trotskistas, que introduce confusiones en su afán de atacar a Stalin y el período de comunismo estatizado en la Unión Soviética. —Eds.

“Vivimos en el seno de sociedades que tienen como fin no sólo combatir las ideas izquierdistas- algo que uno podría perfectamente esperar-, sino también eliminarlas de la memoria viva: provocar una condición amnésica en la que parece como si estas nociones nunca hubieran existidos, emplazándolas más allá de nuestras propias facultades conceptuales” [Terry EAGLETON, La estética como ideología]

Con la derrota del estalinismo y la desaparición del Muro de Berlín los “medias” dieron a entender que cualquier tipo de gran relato nos llevaba al totalitarismo. Triunfaba el pensamiento débil y desaparecía la posibilidad de conquistar el paraíso. ¡Había llegado el “fin de la historia”! El capitalismo no tenía alternativa y una nueva filosofía conquistaba la hegemonía (ayudado por “ex” como hoy en España G. Albiac, mal llamados “nuevos filósofos”), incluso dentro de las direcciones del movimiento obrero. Tanto la socialdemocracia como el estalinismo (en su versión eurocomunista) aceptaban dichas tesis. Era la política de la austeridad y la del compromiso.

Fin de la historia

Fukuyama nos hablaba del “fin de la historia”. No saliéndose de la perspectiva del progreso desarrollada por la Ilustración, para negarlo. La misma burguesía cuestionaba su propia historia, ya que el objetivo no era el glacis soviético. Se producía la asimilación de Stalin a Lenin y a Marx, hasta arribar a la misma Ilustración. Se negaba el gran relato y los “ex” de la izquierda realizaban una mudanza hacia el postmodernismo y el pensamiento débil.

El terror de Stalin es el mismo que el de Lenin y que el de Marx y los jacobinos franceses. La burguesía reniega de su pasado revolucionario. ¿Qué podía haber detrás de dicha negación? Quizás el vaciamiento de la democracia ya que la burguesía ni siquiera en su momento revolucionario dio contenido al término de democracia. Pues como bien decía Daniel Guerin “la burguesía moderna, aunque necesitaba proclamar contra el absolutismo la idea de que todo poder emana del pueblo, no podía admitir que este pretendiese ejercerlo” [La lucha de clases en el apogeo de la Revolución Francesa]. No podemos olvidar tampoco que el marxismo- y fundamentalmente Leon Trotsky [Balance y perspectiva]- reivindicaba el pasado jacobino.

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Por otra parte, ya en esta época los distintos “comunismos”- principalmente el eurocomunismo- ven el GULAG en Lenin. Incluso actualmente A. Elorza como Olev V. Naumov (La lógica del terror) no ven diferencias entre Stalin y Lenin y Trotsky, asimilando los campos de exterminios de la población con lo que sucedió durante la Guerra Civil. Se olvidan de que “los bolcheviques defendían la libertad total incluso para los partidos burgueses, siempre y cuando no intentaran una rebelión armada contra el poder de los soviets. Pero cuando la burguesía “liberal” se pasó a los ejércitos blancos, ese comentario equivalía a exigir que la revolución no se defendiese de la reacción zarista” [Ted Grant y Alan Woods, Lenin y Trotsky, qué defendieron realmente].

Si negamos la totalidad y sólo defendemos el individuo, estamos negando uno de los aportes fundamentales de la burguesía revolucionaria (el ser autónomo), mediante lo cual “los ciudadanos renuncian a su “mal” particularismo y a través de la “voluntad general” cada uno se identifica, en cambio, con el bien del todo; se aferra a su misma individualidad, aunque ahora bajo la forma de un compromiso desinteresado con un bienestar común” [Terry Eagleton, La estética como ideología].
El sujeto es ideológico, ya no sirve; lo que prevalece es la estructura. Triunfa el economicismo y desaparece la historia. El estructuralismo y el postestructuralismo se apoderan de la teoría y destierran el proceso emancipatorio.

Lo que existe detrás del postmodernismo es una ilusión: la vuelta al relativismo y al más puro pragmatismo, vacío de cualquier atisbo de ética. O más bien, lo que se percibe es la ética de la diferencia, mediante la que todos nos debemos definir por aquello que nos diferencia de los demás; con lo que sólo nos queda nuestra privaticidad. La moral se reduce al ámbito de lo privado, mientras que lo público es hegemonizado por la mercancía, ¡todo deviene mercancía, incluso la vida!

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Los burgueses siguien en su campaña para enterrar a Marx, pero eso necesitaría un fin natural de la lucha de clases, la cual no terminará hasta que haya justicia social.

¡Viva el individualismo!

Una vez demostrado que el “colectivismo” ha llevado al totalitarismo, sólo queda el individuo. Se sacraliza lo privado, pero detrás de esta sacralización ocurre el hecho de desterrar lo social, el hacer descender a los infiernos todo lo que supuso la “democracia obrera” y las conquistas de la Revolución de octubre. En última instancia desaparecen las relaciones sociales y se nos vende la armonía….

¿Qué individualismo se nos presenta? Se vuelve al homo aeconomicus que “es en, primer lugar un individuo dotado de preferencias subjetivas; en segundo lugar un individuo que busca satisfacer las necesidades ilimitadas por una acumulación de riquezas, destinadas a ofrecerle siempre más satisfacción; en tercer lugar es un individuo que no tiene más que relaciones contractuales con los demás; en fin es un individuo libre y racional…” (Tony Andreani, Un être de raison).

El problema surge cuando dicha teoría se introduce en determinado tipo de “marxismo” como lo es el marxismo analítico y se reviste como teoría de la elección racional. Que tiene sus antecedentes en la teoría de la “elección pública” En última instancia es una concepción que se basa en la teoría de juegos y sobre todo en la cuestión del Dilema del Prisionero. Supongamos dos delincuentes en una comisaría (y al mismo tiempo el policía bueno y el policía malo); ambos delincuentes tenderán a maximizar su utilidad, pero esto les llevará a la irracionalidad.

Teoría que tiene una concepción del hombre determinada: la de un egoísmo racional desarrollada por Hobbes en su Leviathán: “si todos nos movemos por nuestro interés estaremos en guerra permanente”. Al fin y al cabo Hobbes defendía que “el hombre es un lobo para el hombre”. Sin embargo, dicha concepción es plenamente individualista que se basa en que los individuos que entran en relación han de actuar “racionalmente”.

Pero nos falta otro elemento: el mercado. ¡Ahí radica la racionalidad! Nuestras preferencias, nuestros intereses nos llevan a competir, pero si no queremos la irracionalidad la competitividad ha de ser entre “hombres libres”. El siervo de la gleba ha conquista “su libertad”, para acabar vendiéndose “libremente” en el mercado a un empresario.

Volvamos al Dilema del prisionero. ¿Es esto lo que ocurre? A uno le viene a la memoria la película de la Batalla de Argel cuando la organización del FLN argelino da la orden de aguantar a sus militantes la tortura por parte del Ejército francés durante 48 horas (el tiempo que se necesitaba para reubicar a los militantes en nuevas células). Es decir el dilema olvida el altruismo y la solidaridad entre los miembros de una organización.

Pero ¿acaso la lucha de clases se puede reducir a un juego? ¿Se puede matematizar el conflicto social? Daniel Bensaid nos dice que “Individualmente, se puede siempre buscar el cambiar de juego, en modificar el dato, pasando de una clase a otra. En las sociedades modernas, la movilidad social permite estas transferencias y estas promociones. En ciertos límites, el individuo puede tener así la ilusión de elegir su clase, su dato y su lugar alrededor de un tapiz verde. Los éxitos ejemplares mantienen el mito de dicha libertad. Colectivamente los roles no están sólidamente menos distribuidos y perpetuados por la reproducción social. La lucha no es un juego. Sino un conflicto. El oprimido está condenado a resistir bajo pena de ser pura y simplemente aplastado” [Marx líntempestif, pg.,153].

Las relaciones sociales son conflictivas. Defender el “individualismo” [posesivo] es ideológico. Sólo queda afirmar que como el capitalista arriesga al “invertir”, el obrero también tiene que arriesgar y por tanto no puede estar subvencionado.
Detrás de esta ideología está todo un proceso contrarrevolucionario que desde la época de Reagan se convierte en ideología neoliberal que ha servido para devolvernos al siglo XIX. El Estado ha intervenido para desregular y ha montado una contractualidad central nueva que conlleva un ataque al sindicalismo de clase y a una individualización de las relaciones. El nuevo concepto es el flexibilidad. El mercado tiene demasiado obstáculos ya que “el incremento continuado de las demandas sociales- colectivas- se veía como de imposible satisfacción dentro del sistema capitalista, lo que volvía ingobernables los sistema de democracia representativa” [Juan- Ramón Capella, Entrada en la barbarie, pg.,158].

Por otra parte, ¿la relación salarial representa un cambio entre iguales? Dicha relación es asimétrica, no se da entre iguales. O mejor dicho, como dice D. Bensaid, si en cuanto mercancía, pero dicha relación es una relación social que como tal no se produce sin poder; por consiguiente no se puede dar sin dominación ni explotación.

El capitalismo es el que introduce el dilema del prisionero y la figura del “francotirador” en la clase obrera, ya que los obreros han de competir entre sí por lo que frente a la clase capitalista el obrero buscar la contractualidad asociativa, la asociación. Como bien dice Georges Labica la política es el problema; y el neoliberalismo la destruye ya que “la asimilación de la democracia al mercado, que da todo el poder a la economía y a la maximización del beneficio, conduce la política al beneficio de la gestión” [Démocratie et révolution]

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