La izquierda liberal y la izquierda socialista ante la crisis social de EEUU

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POR SUSAN ROSENTHAL
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Cretinismo e hipocresía absoluta en las más altas esferas del imperio criminal.
Artículo lanzado originalmente octubre 7, 2007

AMERICA SE ENCUENTRA PROFUNDAMENTE DIVIDIDA. La mayoría de americanos quiere un final para la guerra contra Irak y alguna forma de seguro sanitario universal, mientras que la clase dirigente está comprometida con la guerra y con el sacrificio de los servicios sociales para financiarla.

Este conflicto entre gobernantes y gobernados refleja una escisión más profunda y estructural. En una serie de tres artículos (Z-Magazine, febrero, abril y mayo de 2007), Jack Rasmus revela cómo “desde principios de los 80 la desigualdad de renta se ha ensanchado, profundizado y acelerado hasta el punto de que hoy se transfiere diariamente más de un billón de dólares de las aproximadamente 90 millones de familias americanas de clase trabajadora a las corporaciones y hogares más ricos de clase no trabajadora”.

35 años de políticas proempresariales han retrotraído las desigualdades de clase al nivel de los años 20. El 1% de los americanos posee actualmente la mitad de la riqueza nacional. En 2005, los millonarios estadounidenses poseían 30 billones en activos, ¡más que toda la riqueza producida anualmente en China, Japón, Brasil, Rusia y la Unión Europea juntas!

La extensión de la desigualdad está cabreando a la clase obrera y empezando a alarmar a sectores del establishment. En “el país de las oportunidades” la desigualdad suele ser atribuida a falta de calificación y de determinación para triunfar. Ahora, cuando la mayoría ha quedado atrás, esta excusa ha perdido crédito. Considérese el siguiente editorial de The New York Times (29 de agosto de 2007): “El ingreso medio por hogar del año pasado estaba en torno a 1.000 dólares menos que en 2000, antes del comienzo de la última recesión. […] Cuando el ingreso aumentó fue porque más miembros del hogar empezaron a trabajar, no porque alguno de ellos obtuviera un sueldo mayor. […] Los ingresos de los hombres y mujeres que trabajaban a tiempo completo cayeron realmente más de un 1% el pasado año […]. Los frutos del crecimiento económico nacional han ido a parar casi exclusivamente a los ricos y los extremadamente ricos, dejando poco para todos los demás”.

Los americanos rebosan descontento por la caída del nivel vida, la crisis ecológica, la guerra y la pésima situación del sistema sanitario. En la primavera de 2006, el enojo explotó en las mayores manifestaciones en la historia de la nación con protestas contra las políticas antiinmigratorias, en las que se cantó “nosotros somos América”. La clase obrera se sublevó y pegó un puñetazo en el rostro de la clase capitalista. La mayoría republicana fue barrida del poder por votantes hartos de mentiras, de incompetencia y de la corrupción del gobierno.

Reforma o revolución

A un sector de la clase dirigente le preocupa que el descontento popular pueda unirse a una rebelión generalizada contra el sistema. Esto es lo que ocurrió después de la Primera Guerra Mundial, y luego, en los años 30 y en los 60.

Hay sólo dos soluciones para tales crisis: reforma desde arriba para restaurar la confianza en el sistema, o revolución desde abajo para reemplazarlo. Examinemos la primera opción.

Tanto el Partido Demócrata como el Republicano están comprometidos con el imperio americano y la conquista de Irak. Para contrarrestar el sentimiento antiguerra, Washington ha reetiquetado la guerra como apoyo militar al gobierno iraquí y ha culpado a la incompetencia iraquí del “retraso” en la retirada de las tropas. Anuncios periódicos de “signos de progreso” dan a entender que la guerra se está acabando, cuando en realidad lo que hay es una escalada de la misma. Esta táctica dilatoria parece funcionar, por ahora.

Reducir la desigualdad de clase plantea un desafío mayor. Concluye The New York Times: “lo que hace falta son políticas para ayudar a repartir ampliamente los beneficios: impuestos más progresivos o políticas para fortalecer la educación pública e incrementar el acceso a una atención sanitaria asequible”.

La elite chilla inmediatamente: ¡socialismo!, a la menor sugerencia de que se devuelva a la clase trabajadora alguna porción del producto social. Los capitalistas quieren un estado que aplique políticas y ayudas sólo para sí mismos. Y eso es lo que consiguen. De múltiples maneras, el capitalismo funciona como un tipo de socialismo para ricos.

Las leyes fiscales americanas eximen a las mayores corporaciones de pagar impuesto alguno. Los jueces federales han permitido a industrias debilitadas no pagar miles de millones en “gravosas” obligaciones de jubilación. Las ayudas federales multimilmillonarias a prestamistas hipotecarios no se han combinado con dinero destinado a los propietarios de clase trabajadora para afrontar la ejecución hipotecaria. Y mientras que la administración Bush permite a las compañías aseguradoras financiadas por Medicare conservar millones de dólares que deberían haber devuelto a sus beneficiarios, persigue rigurosamente a los beneficiarios para cobrar el dinero que dice que deben a las compañías de seguros.

Aunque The New York Times se queje de tales injusticias, no quiere el socialismo. Quiere un capitalismo algo menos salvaje dirigido por el Partido Demócrata. Los liberales y las instituciones liberales condenan los peores aspectos del capitalismo, a fin de preservar globalmente el sistema. La mayoría de americanos quiere más inversiones en infraestructuras. Quiere asistencia sanitaria universal y más fondos para escuelas. Quiere que se reconstruya Nueva Orleáns, y puentes seguros. Los liberales temen que si el sistema reparte mal, la mayoría lo rechace.

Los capitalistas sabios recuerdan la Revolución francesa. Aquellos que tomen demasiado pueden perder sus cabezas. Milmillonarios como Bill Gates y Warren Buffett prefieren devolver un pequeño trozo de la tarta que perder el derecho a la pastelería entera.

Gates critica la “brecha desigual” y dedica una diminuta porción de su fortuna a caridad. Buffett dice que es injusto que él mismo pague menos del 18% de sus ingresos en impuestos cuando su secretaria paga un 30% por los suyos. Gates y Buffett no son socialistas. Como los filantrópicos “barones ladrones” del siglo pasado, entienden que su clase debe parecer generosa para preservar su sistema de robo organizado.

El presidente Roosevelt se enfrentó a una coyuntura similar cuando luchó por el New Deal a pesar de la oposición de los intereses empresariales. En La otra historia de los Estados Unidos (Fuenterrabía: Hiru, 1997, trad. Toni Strubell, p. 344. NdT), Howard Zinn explica:

“[Las reformas de Roosevelt] hacían frente a dos necesidades acuciantes: reorganizar el capitalismo de tal modo que superara la crisis y estabilizara el sistema; y atajar el alarmante crecimiento de rebeliones espontáneas y huelgas generales llevadas a cabo en distintas ciudades durante los primeros años de la administración Roosevelt por organizaciones de arrendatarios, parados y movimientos de autoayuda”.

Detener una orgía de acumulación de riquezas que ha durado 35 años no será fácil. A pesar de las peticiones liberales de que los demócratas se armen de valor en el Congreso, el Partido Demócrata sirve a la clase empresarial. Devolver algo de riqueza a la clase obrera socavaría la capacidad de las corporaciones americanas de dominar la economía mundial.

A pesar de estar obligada a utilizar la zanahoria para sofocar el descontento, la clase dirigente prefiere utilizar el palo. La guerra contra el terror, con sus ataques a las libertades públicas, es la respuesta de los capitalistas a la desigualdad y la injusticia. Se incautan de la riqueza; no lo comparten. Machacan a sus víctimas; no las rescatan. Y no se sienten amenazados por el movimiento obrero, que actualmente es demasiado débil como para organizar una rebelión sostenida. Al tiempo, su confianza se ha debilitado por su incapacidad de ganar la guerra, crear una política de inmigración factible y resolver la crisis de la asistencia sanitaria.

Encauzar el descontento

Los liberales arguyen que es preferible un gramo de prevención a un kilo de cura. La clase capitalista es una exigua minoría que necesita el consentimiento de la mayoría para gobernar. Ese consentimiento puede perderse si se permite que los problemas sociales se agraven. Los liberales prefieren alinearse con el descontento social, a fin de contenerlo dentro de los cauces establecidos.

Cuando el presidente ha defendido los beneficios de las industrias aseguradoras por encima de la salud de los niños enfermos, The New York Times ha compartido la rabia de la nación. Escribe Paul Krugman: “¿Qué tipo de filosofía sostiene que está bien subvencionar a las compañías aseguradoras, pero no proporcionar atención sanitaria a los niños? […] 9 de cada 10 americanos ─incluido el 83% de los que se definen como republicanos─ apoyan la expansión del programa de seguro de enfermedad para niños […]. Parece haber más decencia elemental en los corazones de los americanos que la que pueda soñarse en la filosofía del Sr. Bush” (“An Immoral Philosophy”, 1 de agosto de 2007).

Los medios de comunicación liberales están intentando que tenga éxito un número creciente de disidentes que, como Naomi Klein y Michael Moore, impulsan el descontento. Al éxito editorial de Klein The Shock Doctrine: The Rise of Disaster Capitalism se le ha unido el documental de Moore Sicko para hurgar en las mentiras que apoyan al sistema. Cuando Oprah y Moore convienen en la televisión pública en que América necesita algunas formas de medicina socializada, sin duda el viento está cambiando.

De repente, resulta que socialismo no es una palabra tan fea. Escribe Krugman: “La verdad es que no hay diferencia entre decir que cada niño americano tiene derecho a la educación y decir que cada niño americano tiene derecho a una atención sanitaria adecuada” (“A Socialist Plot”, 27 de agosto de 2007).

Los liberales deben convencer a la clase capitalista de que un capitalismo algo menos salvaje, incluso si lo denominan socialismo, es preferible a la amenaza del socialismo real. Sin embargo, los conservadores arguyen que conceder reformas implicaría una pendiente resbaladiza. Si los americanos piensan que tienen derecho a atención sanitaria, ¿qué más pensarán que merecen?

Los conservadores recuerdan los años 60, cuando los americanos adquirieron la confianza para reivindicar la igualdad racial, la liberación de las mujeres, los derechos de los indígenas, la liberación gay, mayor protección social, sueldos más altos, condiciones de trabajo más seguras, viviendas más confortables, mejores escuelas y mayor acceso a la atención médica. Había oposición organizada a la carrera armamentística, al poder nuclear, a la pena de muerte, a la política exterior americana y a la guerra en Vietnam. Fue necesario un esfuerzo coordinado y muchos años para repeler esa rebelión.

¿Está preparada América para el socialismo?

La crisis social y el conflicto en la elite han abierto un espacio para discutir sobre el verdadero socialismo, una democracia obrera en que el común de la gente tome el control colectivo de la economía y la dirija con arreglo a las necesidades humanas. Las condiciones materiales para tal sociedad ya existen.

En la medida en que el socialismo se basa en el reparto, debe haber más que suficiente para que funcione. Eso ya no es problema. Si la producción anual de los trabajadores americanos se transformara en dólares y se distribuyera igualitariamente entre la población, se proporcionaría 45.000 dólares a cada hombre, mujer y niño de la nación o 180.000 a cada familia de cuatro miembros. Esta suma sería varias veces mayor que si cada persona que quisiera trabajar obtuviera empleo y se incluyera la riqueza producida durante los años anteriores.

Esto también es cierto a escala mundial. Entre 1800 y 2000 la suma de la riqueza producida creció ocho veces más rápidamente que la población mundial. Sólo unos pocos se han beneficiado. En 2001, 497 multimillonarios disfrutaban de activos por valor de 1,54 billones de dólares, más del ingreso total de la mitad de la humanidad.

La segunda condición para el socialismo es cuestión de elección. Los seres humanos crean las sociedades en que viven y pueden elegir cambiarlas.

La mayoría de americanos no ha elegido el socialismo porque ha sido embaucada en el pensamiento, según el cual éste no corresponde a sus intereses. Nuestros gobernantes insisten en que no hay alternativa al capitalismo, así como intensifican su brutal táctica de culpar a la víctima y dividir y vencer. Deslumbrándonos con su poder, esperan que no descubramos nuestro propio poder, mucho mayor.

El capitalismo no peligra porque se hable de cooperación y reparto. Sin embargo, no puede tolerar reivindicaciones de una sociedad basada en esos principios. Por eso la elite ha convertido el socialismo en palabra fea. Si la gente supiera que puede satisfacer sus necesidades y resolver sus problemas sin una clase dirigente, no tendrían necesidad de capitalismo.

Las organizaciones socialistas persuaden a la gente corriente de que descubran y utilicen su poder colectivo. Donde el capitalismo divide y fragmenta, los socialistas vinculan individuos, luchas, acontecimientos pretéritos y sueños futuros en una lucha unificada por la supervivencia humana.

La batalla por las ideas es decisiva. Al aislar a los trabajadores y reforzar sus sentimientos de impotencia, la clase capitalista les inocula miedo y pesimismo. En cambio, los socialistas conectan la experiencia de sufrimiento individual de los trabajadores con su poder colectivo para eliminarlo. Es fácil creer en aquellos que creen en sí mismos. Los socialistas creen en la clase obrera, aun cuando ésta no crea en sí misma.

El movimiento antiglobalización de finales de los 90 levantó la esperanza de cambio. También las masivas manifestaciones antiguerra que precedieron a la invasión de Oriente Medio por América. Cuando los Estados Unidos empezaron a bombardear Bagdad, muchos se desanimaron y se retrajeron del activismo.

Actualmente, el creciente descontento no va de la mano de un aumento correspondiente en la lucha. Mientras tanto, millones de americanos están enfurecidos por el deterioro de sus vidas y décadas de derrotas han hecho calar en la sociedad la creencia de que el cambio real no es posible. Pero las creencias cambian.

La clase trabajadora es obediente, no estúpida. Ha rechazado la guerra a pesar del constante flujo de propaganda proguerra. Los trabajadores son también extremadamente pacientes, pero hay un límite en la injusticia que están dispuestos a tolerar.

Con la economía deslizándose hacia la recesión, The New York Times advierte de que “parece que el común de las familias trabajadoras va a tener que esperar ─en un mínimo muy mínimo─ hasta que el próximo ciclo maquille las pérdidas que han sufrido en éste. No hay garantías de que lo vayan a hacer”.

Nadie sabe cuándo estallará la próxima lucha o cuáles serán sus consecuencias. Sólo una cosa es cierta. Las necesidades de la clase capitalista seguirán colisionando con las necesidades de la humanidad. Si podemos organizarnos en número suficiente para parar la guerra y obtener la atención sanitaria universal, no tenemos por qué detenernos ahí. Podemos también construir un mundo muy diferente basado en la paz y en la seguridad para todos.

Susan Rosenthal es psicóloga en ejercicio y autora de Market Madness and Mental Illness (1998) y Power and Powerlessness (2006). Pertenece a la Unión Nacional de Escritores. Puede contactarse con ella mediante su página web www.powerandpowerlessness.com o por correo electrónico en author@powerandpowerlessness.com. Pueden leerse otros artículos de Susan Rosenthal en http://powerandpowerlessness.typepad.com.

Traducción para www.sinpermiso.info: Daniel Escribano

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